miércoles, 12 de junio de 2013

El verdadero humano está extinto.

El verdadero humano está extinto.


Soy el reloj que nunca envejece, espectador de todo lo que existe.
Único poseedor de la piedra filosofal.
Durante milenios he observado el desarrollo de la raza humana, sus triunfos y sus tropiezos, sus cambios e involuciones.

Les contaré un mito que ante mis ojo aseguro que de mito solo tiene lo increíble, pues es incluso más real que eso a lo que han llamado ciencia.
Existió un tiempo en el que no existían tantos humanos poblando la tierra, éramos pocos, vivíamos en pueblos que se encontraban muy apartados unos de otros, éramos pequeñas familias de unas veinte chozas esparcidas por los terrenos del planeta, las habían en desiertos, en bosques y praderas, incluso me han contado que habían chozas sobre el mar, pero eso fue antes de que este reloj poseyera la piedra.

En aquellos tiempos habitaban más criaturas en la tierra, en el agua e incluso en el cielo, criaturas que ningún habitante de los tiempos modernos podría imaginar en sus cuentos y bestiarios y otras de las que se ha guardado registro.

Las familias danzaban alrededor de la fogata acompañados de instrumentos musicales más sofisticados que los actuales, no eran de viento ni de cuerdas, funcionaban con magia, aunque también se unían a la fiesta las flautas y los tambores, en algunas regiones sonaban las arpas y en otras campanas. Se cuenta, y yo se los afirmo, que el ser humano era distinto, no más salvaje, no más inteligente; era más amable y sabio.
Los hombres y los elfos bailaban a la par y no había más distinción que la apariencia y personalidad, el hombre era un poco más ambicioso y el elfo más sabio.

En aquellos tiempos las ondinas, las hadas, los gnomos, los koboldes, las salamandras y todo tipo de criatura mágica, convivían mano a mano con el equilibrio total. El hombre era parte de este equilibrio y era capaz de dominar los secretos de la alquimia, la herbolaria, la astrología y tantas artes más, las cuales le eran útiles para explotar su potencial mágico y artístico. En aquellos tiempos era normal hablar con los ratones y escuchar el consejo de los árboles, vivir longevamente, no recuerdo si vivíamos por cantidad o por calidad.
¡ Verdes eran los días en los que no dominábamos la tierra! ¡Días de gran dicha y prosperidad!
Te cuento a ti, hermano, que la raza humana se extinguió ya hace mucho tiempo, nuestros antepasados y nosotros no somos la misma especie.
No fue algo instantáneo, pero el tiempo y la amabilidad de la naturaleza terminaron con el corazón del hombre y la comodidad se convirtió en un vicio. Todo le era dado y las preocupaciones eran mínimas, las primeras generaciones se encargaban de agradecer propiamente a sus iguales y aportar al equilibrio con rituales llenos de prosperidad a la tierra, daban y recibían, cantaban y continuaban bailando, ellos se habían ganado tal armonía y la apreciaban y mantenían, todas sus luchas por vivir tranquilos habían dado frutos. Era algo que nos había costado y lo cual quisimos heredar a nuestros hijos.
La naturaleza, que todo le había dado al hombre, tenía fe en la magia que en sus genes había puesto, así pues, también puso en la mesa del hombre minerales inmunes al desgaste del tiempo, tiempo, que palabra tan curiosa, parece algo medible, cuando es tan infinito como la existencia misma. Éramos pocos los humanos que pudimos ver lo que había detrás de aquellas rocas cristalinas, sin saber lo que en verdad nos deparaban las tomamos y utilizamos la magia, se creó en ese momento la piedra filosofal, que fue guardada por uno de los hombres, pues el resto de ellos murieron.
Las siguientes generaciones comenzaron a perder el interés en conocer el por qué de las cosas y aceptaron simplemente el cómo era todo, habían sido educados para seguir los ritos y preservar la comodidad que con tanto esmero habían ganado sus antepasados.
Las criaturas del bosque comenzaron a temer, y se apartaron lentamente del hombre, el cual se dedicaba a disfrutar de su comodidad, la cual había engendrado en el planeta la oscuridad, una bruma que terminaría con los días de paz de hombres, plantas, elfos, ninfas, y otras criaturas acostumbradas al equilibrio, a este mal lo llamaron miedo.
Miedo a perder la comodidad, y así miedo a tantas cosas, miedo al cambio. El hombre comenzó a ser menos frecuente con la convivencia entre especies, pues estaba muy ocupado en los quehaceres cotidianos y las generaciones comenzaron a olvidar la magia, temían a ella, pues así como les había otorgado comodidad podía arrebatarla de sus manos en cualquier momento.
El hombre le temió a los animales, los animales le temieron al hombre, el hombre odió a la magia y la magia se apartó de él, con pena y resignación.
Los ritos se convirtieron en costumbres y las costumbres cambiaron, y poco a poco se fueron olvidando.
La codicia nació del miedo, y del vicio. La amabilidad de la naturaleza terminaría destruyéndola, así como la comodidad del hombre se convertiría en sufrimiento, miedo y tortura.
Cuenta el mito, y como portador de la condena filosofal te repito que es real, que el hombre se extinguió y nació la bestia.
La magia se perdió en el miedo, y el miedo trajo la destrucción.
Y el miedo que había imaginado el hombre, cobró vida y vidas cobró.

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